Un día de estos, en una de esas cafeterías gourmet, lo ví.
Con 1.80 metros de estatura, cabello negro, piel trigueña y ojos café. Su camisa manga larga color blanco y su pantalón gris oscuro. Absorto en sus propias ideas, como si no se diera cuenta que todo se movía a su ritmo.
Maldita sea, era un dios, un demonio o quién sabe que. Lo cierto es que no pude dejar de verlo.
Después de un tiempo, tomé valor y decidí acercarme a platicar. Para mi sorpresa, descubrí la infinidad de cosas que teníamos en común: la música, la literatura, la obsesión con la astronomía, la debilidad por los gatos, el deseo de cambiar el mundo empezando con un grano de arena, los mismos malos chistes sobre gallegos, el favoritismo por el color verde, la admiración hacia Wilde, el odio hacia la doble moral y hasta el mismo gusto por la comida agridulce.
En cuestión de una hora y veinte minutos de charla, había perdido la cabeza por este hombre. Simpático hasta los huesos, con una sonrisa de 10, cada pestaña decorativamente posicionada, cada lunar estratégicamente visible y unas manos perfectas. Sin olvidar que poseía una de las mentes más brillantes que alguna vez tuve el placer de conocer.
Luego de platicar un rato, me dijo que me invitaba a un lugar al aire libre, a unos minutos de la ciudad. Acepté sin dudarlo. Al subirme en su carro, encendío su radio, y la primera canción que sonó fué:
¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista enfrente de una dama?
¿Qué es lo que hace un taxista con sus sueños de cama?
Automáticamente, se me salió una carcajada. Digo, siéndo tan similares el y yo, sé que entendería el motivo de mi risa.
-¿No te gusta?-
-Jajaja no - le dije entre risas
- Increíble, Arjona es uno de los mejores poetas de nuestros tiempos- dijo bastante serio
-¿Es en serio?
- Claro- contestó.
Justo entonces, sentí como si cada hueso fuera de vidrio, y se quebrara en mil pedacitos.
Fué como una explosión en el precordio.

Entonces comprendí que nadie es perfecto. Todos tenemos un detalle que nos hace miserables.
Y así, con ese detalle musical, el hombre de mis sueños se convirtió en una mala historia para recordar.
Rayos.
Luego me pongo a pensar en que desconozco mi propio "detalle miserable", así que mejor me callo.